" Un caballero se avergonzaría de que sus actos y sus palabras no coincidieran ".

constantino el grande,san constantino,emperador constantino,orden constantiniana,orden de san constantino,orden imperial bizantina de san constantino el grande,ordenes de caballeria,caballeria,paleologo,sergio jesus paleologo
constantino el grande,san constantino,emperador constantino,orden constantiniana,orden de san constantino,orden imperial bizantina de san constantino el grande,ordenes de caballeria,caballeria,paleologo,sergio jesus paleologo

Estimados visitantes:

Como Gran Maestre de la Soberana Orden Imperial Bizantina de San Constantino el Grande, tengo la inmensa satisfacciòn de saludaros en la presente pàgina Web. En ella dispondréis de informaciòn suficiente para comprender el gran legado històrico que a la Orden compete. 

Esperamos cooperar con todos aquellos que sientan nuestras mismas inquietudes, dentro de estos  caminos que comprenden el  mundo de la Caballería, y que son toda una filosofía de espiritualidad y valores universales, los cuales  pretendemos incorporar al mundo actual, valores que nos permitan coexistir en una comun - unidad más justa, honesta, equitativa, generosa y solidaria.

In hoc signo vinces ("Con este signo vencerás").
S.A.I.R.
Prìncipe, Sergio Jesùs I° Paleòlogo
Soberano Gran Maestre 


EDITORIAL

“La verdadera nobleza es caminar toda tu vida con pasos atinados, con pasos que te salen del corazón; es que tus actos estén de acuerdo con tus ideas, aunque el precio sea alto. Y no imponer esas ideas a nadie, y ser modesto y compasivo en tu grandeza.”

________________________________________________

El verdadero hombre de bien es el que practica la ley de justicia, de amor y de caridad en su mayor pureza. Si interroga a la conciencia sobre sus propios actos, se pregunta a sí mismo si no violó esta ley; si no ha hecho mal y si hizo todo el bien que podía; si despreció voluntariamente alguna ocasión de ser útil; si alguien tiene quejas de él; en fin, si hizo a otro lo que hubiera querido que hicieran por él.

Tiene fe en Dios, en su bondad, en su justicia y en su sabiduría; sabe que nada sucede sin su permiso y se somete, en todas las cosas, a su voluntad.

Tiene fe en el futuro; por esto coloca los bienes espirituales sobre los bienes temporales.

Sabe que todas las vicisitudes de la vida, todos los dolores, todas las decepciones, son pruebas o expiaciones y las acepta sin murmurar.

El hombre poseído del sentimiento de caridad y de amor al prójimo, hace el bien por el bien, sin esperanza de recompensa, retribuye el mal con el bien, toma la defensa del débil contra el fuerte y sacrifica siempre su interés a la justicia.

Encuentra satisfacción en los beneficios que esparce, en los servicios que presta, en los felices que hace, en las lágrimas que enjuga y en los consuelos que da a los afligidos. Su primer impulso es pensar en los otros antes que pensar en sí, buscar el interés de los demás antes que el suyo propio. El egoísta, al contrario, calcula los provechos y las pérdidas de toda acción generosa.

Es bueno, humano y benévolo para con todos, sin preferencia de razas ni de creencias, porque mira a todos los hombres como hermanos.

Respeta en los demás todas las convicciones sinceras y no anatematiza a los que no piensan como él.

En todas las circunstancias la caridad es su guía; dice que el que causa perjuicio a otro con palabras malévolas, que hiere la susceptibilidad de otro por su orgullo y desdén, que no retrocede ante la idea de causar una inquietud, una contrariedad, aun cuando sea ligera, pudiendo evitarla, falta al deber de amor al prójimo y no merece la clemencia del Señor.

No tiene odio, ni rencor, ni deseo de venganza; a ejemplo de Jesús, perdona y olvida las ofensas y sólo se acuerda de los beneficios; porque sabe que se le perdonará así como él hubiere perdonado.

Es indulgente con las debilidades ajenas, porque sabe que él mismo tiene necesidad de indulgencia y se acuerda de estas palabras de Cristo: Que el que esté sin pecado le lance la primera piedra.

No se complace en buscar los defectos ajenos, ni en ponerlos en evidencia. Si la necesidad le obliga, busca siempre el bien que puede atenuar el mal.

Estudia sus propias imperfecciones y trabaja sin cesar para combatirlas. Todos sus esfuerzos tienden a poder decir de sí mismo al día siguiente, que hay en él alguna cosa mejor que en la víspera.

No procura hacer valer su espíritu ni su talento a expensas de otro; por el contrario, busca todas las ocasiones de hacer resaltar las ventajas de los demás.

No se envanece ni con la fortuna, ni con las ventajas personales, porque sabe que todo lo que se le ha dado, puede serle retirado.

Usa, pero no abusa, de los bienes que le son concedidos, porque sabe que es un depósito del cuál deberá dar cuenta y que el empleo más perjudicial que pudiese hacer de ellos para sí mismo, es hacerlos servir para satisfacción de sus pasiones.

Si el orden social colocó hombres bajo su dependencia, les trata con bondad y benevolencia, porque son sus iguales delante de Dios; usa de su autoridad para elevarles la moral y no para abrumarles por su orgullo, evitando lo que puede hacer más penosa su posición subalterna.

El hombre de bien, en fin, respeta en su semejante todos los derechos que dan las leyes de la Naturaleza como quisiera que los suyos fuesen respetados.

Esta no es la relación de todas las cualidades que distinguen al hombre de bien; pero cualquiera que se esfuerce en poseerlas, está en camino de poseer las demás.